Leyendas mexicanas (El señor del veneno)

Tradición de la calle de Porta Coeli. Se llama ahora 6a de Capuchinas.

Muy madrugador era don Fermín Andueza; no sufría que la mañana se levantase primero que él, antes que asomara la luz ya estaba velando, y apenas esclarecía, echábase a la calle envuelto en su negra capa. De entre los pliegues emergía noble cabeza del caballero, tocaba con sombrero de gran falda a la chamberga, y sobre el embozo resaltaba la blancura de una mano larga y pulida con sortija de oro, en la que un diamante fulguraba vivas luces. Con gran devoción oía la misa, tornaba lentamente a su casa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo de gran talla, cuya amarillenta blancura resaltaba entre los oros de un altar platesco.

Pendía el lacerado Cristo de la cruz, flojo, lacio, presas de las finas manos por los crudelísimos clavos; de ella colgaba el cuerpo sostenido sobre el que traspasaba los pies, ya desgarrados en una herida roja, ancha y luenga, abierta hasta arriba del empeine, la cabeza grácil de delicado y doliente perfil, hallábase derribado sobre el pecho.

El caballero, lleno de humildad, le ofrecía el incienso de su oración, y tras esa plegaria se alzaba e iba a besar los pies, rojos y negros de sangre coagulada, y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Invariablemente, día a día hacía esto don Fermín Andueza.

Rico era este señor; poseía heredades, buenas casas, pero eran más crecidas las riquezas que había en su alma. De ella manaba toda excelencia. Encerrábanse en su ser todas cuantas bondades hay. Usaba de piedad con el pobre y dábale la mano y le ofrecía sus servicios con toda voluntad. Iba aliviando trabajo y necesidades con sus generosos beneficios. Quitaba el hambre y daba hartura.

Celos tenía a este señor el rico don Ismael Treviño, quien a nadie daba nada de los suyo, desconocía el íntimo goce de hacer beneficios. Era de esos seres a quienes pesa el bien ajeno, que se alegran de ver caído al prójimo y se entristecen de mirarlo ensalzado. En el corazón le entró a don Ismael una polilla de envidia, con la que se estaba carcomiendo a solas. Por dondequiera hablaba mal de don Fermín Andueza. Si delante de él decían elogio, algún cumplido loor a don Fermín, se ponía amarillo y miraba con semblante amargo.

Este don Ismael Treviño era de esos que con aguda vista ven los males extraños, pero no los suyos, pues siempre traía sus apetitos alterados con más olas que el mar océano. Se tragaba el camello y se ahogaba con el mosquito.

Pero ese odio, ¿de donde vino? ¿de dónde salió a don Tomás Treviño esa envidia que le traía recocidas las entrañas, herido el corazón?… Los celos lo atizaban cada hora, y así le empezó a impedir con mil estorbos sus negocios, pero no parecía sino que eran impulsos que les daba, porque le salían mejor a don Fermín, con grandes ganancias. Entonces su envidia la cambió por odio y empezó a abrasarse el alma con infernal aborrecimiento. Esta abominación le dijo un día que lo matara, y se quedó saboreando con deleite ese consejo, que venía del diablo.

Después de meditar ese aviso y aprobarlo, caviló mucho cómo quitarle la vida; si con puñal, si con pelota de plomo, si con veneno. Su naturaleza cobarde rechazó daga y pistolete, porque aunque podía alquilar un brazo ejecutor, temió que lo sujetara al fin la justicia y que luego lo señalase; así es que se decidió por la ponzoña, con la que de lejos se operaba y con menos riesgo. Buscó y halló a un hombre que le puso en una redoma una cierta agua de lindo color azul, que no daba la muerte en el acto, sino que poco a poco se derramaba y distribuía por todo el cuerpo, y al fin, después de días, apagaba la existencia suavemente sin dolores…

Bañó con ese líquido un gran pastel de hojaldre que, muy caliente y dorado, envió a don Fermín, mandándole decir que era obsequio de su amigo, el regidor perpetuo del ayuntamiento, que lo gozase en el desayuno, acompañado de su fragante tazón de chocolate. Y así lo hizo complacidísimo don Fermín.

Don Ismael, curioso de ver qué efectos le había ocasionado el líquido, se puso a seguirlo cuando, por la mañana, salió de su casa para ir a Coeli, lento, erguido, majestuoso, y saludando a todos los que encontraba por su camino con afable sencillez, en la iglesia de donde salió a recibirlo un suave olor de cera e incienso, se acercó luego al Santo Cristo, dijo devotamente las oraciones que tenía por costumbre y fue a adorar después con gran reverencia los pies ensangrentados, pero apenas puso en ellos los labios, en el acto se oscurecieron más, y la ola negra empezó a subir rápidamente por todo el cuerpo hasta quedar como si estuviese tallado en ébano. Muchos devotos que rezaban ante el Cristo, contemplaron aquella negrura profunda que invadía el cuerpo y empezaron a dar voces de asombro al mirarlo todo prieto, cuando hacía pocos instantes que era de una marfileña blancura.

Don Fermín quedó pasmado. ¿Qué tendría, dijo, que al contacto de sus labios se puso negro el Santo Cristo?

Don Ismael Treviño, en un gran impulso cortó el rencor del alama, fue a dar a los pies del generoso caballero y le confesó a gritos que lo había querido emponzoñar y que Cristo, como una esponja generosa, absorbió el veneno que llevaba ya por el cuerpo, librándolo así de una muerte cierta, segura.

Don Fermín le dijo, con delicadas y tiernas palabras, que lo perdonaba, y para darle buenas pruebas de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si fuera ese hombre malvado un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo.

Varias personas de las allí presentes se llenaron de furor y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel, pero don Fermín, les rogó con encarecidas palabras que lo dejasen ir en paz, porque él ya había olvidado el agravio, y que sólo les pedía que se arrodillaran a dar gracias al Cristo.

Don Ismael Treviño salió de Porta Coeli pálido, cabizbajo, lento… Ese mismo día abandonó la ciudad y nadie volvió a saber de él. Como se entendió la noticia por todo México de aquél raro acontecimiento, tanto don Fermín Andueza como los innumerables beneficiados por su generosidad, le llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo negro; cierta tarde cayó una vela y la santa imagen se abrasó en fuego y a poco estaba hecha llama. Ardió toda y se volvió pavesas, tiempo después fue reemplazado por otro Cristo, también negro, es el que ahora conocemos ya en un altar de la catedral, lleno de exvotos de plata y de oro.

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