Leyendas mexicanas (La calle de Don Juan Manuel)

(Ciudad de México)

Cuenta la leyenda que hace muchos años vivía en una calle de la ciudad de México un hombre muy rico, cuya casa estaba exactamente atrás del Convento de San Bernardo. Este hombre era don Juan Manuel, que se encontraba casado con una mujer muy bella y de alta alcurnia. Don Juan Manuel, a pesar de su riqueza, de poseer una mujer tan bella y con tantas cualidades, estaba triste, su tristeza era muy grande porque a pesar de todo lo bueno de su vida, sabía que jamás sería padre; su mujer jamás podría darle un hijo.

Su tristeza era tan grande que lo estaba matando lentamente, su carácter amable y gentil, había cambiado, el fastidio lo exasperaba y para consolarse decidió consagrar su vida a la religión católica, pero fue tan exagerada esta decisión que, no conforme con asistir casi todo el día a las iglesias, quiso dejar a su esposa y convertirse en fraile. Para lograr esto, mandó traer a un sobrino que vivía en España, para que se hiciera cargo de la administración de sus negocios. Llegó al poco tiempo el sobrino, pero coincidentemente don Juan Manuel se puso cada vez más terriblemente celoso, tanto que llegó a pensar que su mujer le era infiel; tan grandes eran estos celos que una noche como cualquier otra, invocó al diablo y le prometió entregarle su alma, si a cambio, éste le proporcionaba el medio de descubrir al que pensaba lo estaba deshonrando. El diablo astutamente apareció inmediatamente, y le ordenó que cada noche saliera de su casa a las once en punto, y que matara al primero que encontrase. Don Juan Manuel cumplió la orden de belcebú, pero al otro día cuando creía que ya estaría vengado, y se sentía tranquilo y satisfecho, el diablo se le volvió a aparecer y le dijo que al hombre que había matado la noche anterior era inocente, pero le ordenó que siguiera saliendo todas las noches y continuara matando, y que sólo hasta cuando él mismo se le apareciera junto al cadáver del asesinado, éste sería el culpable.

Entonces don Juan Manuel obedeció al pie de la letra las órdenes del diablo sin replicar. Cada noche salía de su casa: bajaba las escaleras, atravesaba el patio, abría la tranca del zaguán, se recargaba en un muro, y envuelto en una gran y ancha capa negra, esperaba a que llegase la víctima. Entonces no había alumbrado público y en medio de la oscuridad y del silencio de la noche, se escuchaban los lejanos pasos, cada vez más cerca y poco después aparecía la sombra de un caminante a quien don Juan Manuel, acercándose le preguntaba:

-Perdone vuestra merced, ¿qué horas son?
-Son las once.
-¡Dichoso vuestra merced, que sabe la hora de su muerte!

Entonces sacaba un puñal, en las tinieblas se escuchaba un grito ahogado, luego, el golpe de un cuerpo que cae, y el asesino, en silencio, sin aparentes remordimientos, impasible, volvía a abrir el zaguán, atravesando de nuevo el patio de su casa, subía las escaleras y se recogía nuevamente en su habitación.

La ciudad despertaba consternada. Todos los días por la mañana, en dicha calle, los vigilantes recogían un cadáver, y nadie podía explicarse el misterio de aquellos asesinatos tan frecuentes y espantosos.

Sucedió que uno de tantos días muy temprano por la mañana, los vigilantes de la ronda nocturna, llevaron un cadáver a la casa de don Juan Manuel, y éste con el horror dibuj ado en la cara, miró y reconoció el cadáver de su sobrino, al que tanto quería y al que debía la conservación y crecimiento de sus bienes y su fortuna.

Don Juan Manuel al verlo, trató de disimular y no expresar sus sentimientos, pero una terrible sensación de remordimiento invadió todo su ser, y pálido, tembloroso y arrepentido, fue a la iglesia del convento de San Francisco, entró a la celda de un comprensivo e inteligente religioso, y arrodillándose a sus pies, y abrazando sus rodillas, le confesó cada uno sus pecados, todos sus crímenes engendrados por el espíritu de belcebú, a quien había prometido entregar su alma.

El monje lo escuchó con la tranquilidad del juez y con la serenidad del justo, y luego que hubo concluido su confesión don Juan Manuel, le mandó por penitencia que durante tres noches seguidas fuera a las once en punto de la noche a rezar un rosario al pie de la horca, para que sus faltas fueran perdonadas y así poder absolverlo de sus culpas.

La primera noche don Juan Manuel intentó cumplir con lo encomendado por el fraile, pero no había aún recorrido todas las cuentas de su rosario, cuando percibió una voz sepulcral que imploraba en tono con mucho dolor:

-¡Un Padre Nuestro y un Ave María por el alma de don Juan Manuel!

Don Juan Manuel se quedó mudo, después de reponerse fue a su casa, y sin poder pegar los ojos, esperó el alba para ir a comunicarle al fraile lo que había escuchado la noche anterior.

-Vuelva esta misma noche y haga lo encomendado -le dijo el religioso-, es preciso que sepa que esto ha sido dispuesto por el que todo lo sabe para salvar su alma y reflexione que el miedo se lo ha inspirado el demonio como un truco para apartarlo del buen camino, y haga la señal de la cruz cuando sienta espanto.

Humilde, sumiso, obediente y arrepentido, don Juan Manuel se presentó a las once en punto en la horca, pero aún no había comenzado a rezar, cuando vio un cortejo de fantasmas, que con cirios encendidos conducían su propio cadáver en un ataúd.

Muerto de horror, tembloroso y desencajado, se presentó al día siguiente en el convento de San Francisco.

-¡Padre -le dijo -por Dios, por su santa y bendita madre, antes de morirme concédame la absolución!

El fraile se hallaba conmovido, y juzgando que hasta sería falta de caridad el retardar más el perdón, le absolvió al fin, pero le exigió que por última vez esa misma noche fuera a rezar el rosario que le faltaba.

Esa noche algo pasó, nadie supo realmente qué fue lo que sucedió, los habitantes siempre se preguntaron, jamás hubo respuestas, sólo quedaron dudas e inventos…

¿Qué fue del penitente?, lo dice la leyenda. ¿Qué pasó allí? Nadie lo sabe, y sólo agrega la tradición que al amanecer se encontraba colgado de la horca pública un cadáver, era el del muy rico don Juan Manuel de Solórzano, asistente y mano derecha que había sido del Marqués de Cadereita.

El pueblo dijo desde entonces que a don Juan Manuel lo habían colgado los ángeles en consecuencia de sus espantosos asesinatos, sólo así pudo pagar su deuda consigo mismo y la tradición lo repite y lo seguirá repitiendo por los siglos de los siglos.

Amén.

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